Para Daniela C. con quien nos “juntamos” el otro día para compartir un cachito de Tokio.
Después de un viaje largo fuera de Japón vuelvo por unos días a Tokio. Ciudad intensa y cambiante que nunca me aburre. Esta llena de imágenes conocidas que de nuevo asombran.
Siempre he pensado que es una ciudad insomne que se vuelve monstruo a ratos y te atrapa entre sus calles maquilladas y sus edificios falsamente ligeros, ordenados y ruidosos con gente silenciosa y cabizbaja que no importa lo que es sino lo que hace para luego expulsarte.
D.C. nos hace notar lo diferentes que nos vemos cuando llegamos a Tokio, a propósito de unas fotos que vio de hace 7 años. –“¿Qué les pasó, eran unos adolescentes?”. Palabras más o menos textuales.
Me quedé pensando en que la gente cambia tanto como las ciudades. Pero también en que una ciudad te provoca ese cambio y en cierta forma uno se vuelve como ella.
Para mi Tokio es una ciudad en vela, solitaria, a ratos nostálgica, otros eufórica. A veces me resulta sombría, la mayoría coloridamente uniforme. Dispersa y cambiante que se reconstruye, se reinventa. Agobiada, en un santiamén se vuelve otra. Se escapa, se pierde, se abandona, se reencuentra y por supuesto cambia.
Durante el trayecto de vuelta recordé que llevaba Viento venido de la ensenada, libro de poemas de Shiraishi Kazuko pensando en un casual destinatario que sí hallé pero al que olvidé darle el libro.
En el tren lo releí. Curioso reencontrarme con el poema Mi Tokio, que me gusta aunque hay imágenes ajenas. Es el Tokio de Shiraishi, sin duda otoñal. Transcribo algunos versos:
Yo
como Buda
casi siempre sentada
en esta ciudad donde el otoño me ha preñado de tedio.
…
Mi otoño taciturno
vaga por mi Tokio
su mal malhumor de asfalto.
De la juke box brotan lágrimas y mocos
palabras dulces
gente que corre en todas direcciones
oropel que se torna en fétidas sardinas
queriendo habitar las moradas del arte.
De todo eso me despido
otoño eterno y doctoral
desciendo en el canal de mis adentros
después de tanto tiempo
me escondo en la ciudad de mi interior:
….
Todas las cosas, ranas, huevos, mermelada,
el cielo azul, una hoja para escribir, un disco, moscas:
“echemos un clavado entre las sábanas”
es el lema de la ciudad
y un solitario se clavo en la sábana
en compañía de un gato muerto.
…
Mi ciudad
se ha puesto una cara de otro
ha quedado distante
con su cuello de concreto, con la cabeza baja
soñando sueños sin rumbo.
(1965)
Pero tiene otro poema, Bola de fuego que es el que más me gusta, sobre todo el último verso que me hace reír mucho por la escena que me apropio e imagino cada vez que, como ahora, se va el verano y quisiera moverme a un lugar donde siga sintiendo calor.
En un invierno
tan frío que hería el alma,
al colocar
una rosa en tu mesa
se transformó en un huevo de fuego;
me enojé tanto
que no pude tomarlo
y lo dejé vivir,
de manera que fue quemando la mesa en silencio.
Cuando miré al espejo
el crayón de labios, la corbata,
absolutamente todo, ardía
así que salí huyendo
de aquella casa
con solo una cuchara en la mano.
(1951)
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